La psicología influye en nuestra alimentación y, probablemente, nuestra alimentación en nuestro estado psicológico. La forma en la que nos concebimos, cómo nos tratamos y cómo nos relacionamos con los demás se encuentra en la base de muchos de los trastornos de la conducta alimentaria.
Tendemos a asociar algunos trastornos de la conducta alimentaria con las modas y con la presión social, pero esto no es así. Una adolescente no se hace anoréxica porque estén de moda las chicas delgadas. Por lo general, detrás de este trastorno subyace un rechazo hacia su propia persona o hacia las circunstancias que rodean su vida. Puede ser que no termine de encajar en el instituto, que sea objeto de bullying o que haya vivido alguna experiencia traumática que le ha marcado. El caso es que ese rechazo que tiene hacia sí misma lo orienta hacia su aspecto físico. Como no se acepta, por muy delgada que se vaya quedando, nunca se ve guapa.
La psicología también se aprecia en otros comportamientos que adoptamos con respecto a la comida. Algunas personas, cuando están de bajón, porque se han llevado una desilusión, se encierran en su habitación y se atiborran de comer chocolate o helado. Es habitual refugiarse en la comida para calmar sentimientos negativos. Comer es un placer que dispara los niveles de dopamina. El problema surge, según señalan algunos psicólogos, cuando esta reacción se convierte en una estrategia habitual para resolver nuestros problemas.
Tal es la relación que existe entre la mente y la comida que se ha desarrollado una rama de la psicología que se llama psicología de la alimentación. Vamos a ver esta conexión en algunos de los trastornos de la conducta alimentaria más habituales.
La anorexia nerviosa.
La página web de divulgación médica Top Doctors cataloga directamente a la anorexia como un trastorno de salud mental. El cual tiene un efecto directo en una pérdida activa de peso, que puede comprometer la vida de la paciente o el paciente.
La anorexia es uno de los trastornos de la conducta alimentaria más conocidos y también uno de los más graves. Se caracteriza por un peso corporal inferior al considerado saludable para la edad y las características físicas de la persona, acompañado en muchos casos de un intenso miedo a ganar peso. Esta preocupación puede mantenerse incluso cuando existe una delgadez extrema.
La forma más habitual es la anorexia nerviosa, que puede presentarse principalmente como restrictiva o purgativa. En la primera, la persona reduce de manera progresiva la cantidad de alimentos que consume y puede recurrir a ejercicio físico excesivo para no aumentar de peso. En la modalidad purgativa pueden aparecer episodios de ingesta compulsiva seguidos de conductas destinadas a compensarlos, como provocarse el vómito o utilizar laxantes.
El diagnóstico requiere una valoración médica completa. Habitualmente, se analiza el peso y el índice de masa corporal, pero estos datos no son suficientes por sí solos. También pueden realizarse exploraciones físicas, análisis de sangre para comprobar posibles déficits nutricionales y alteraciones en el funcionamiento de órganos como el corazón o los riñones. La evaluación psicológica resulta igualmente importante para conocer los pensamientos, emociones y comportamientos del paciente.
La base psicológica de la anorexia es compleja y no responde a una única causa. Pueden intervenir factores genéticos, experiencias personales, situaciones traumáticas, ansiedad, depresión, baja autoestima o una percepción distorsionada del propio cuerpo. En muchos casos existe una necesidad excesiva de controlar el peso y la alimentación, que termina convirtiéndose en un patrón difícil de romper. Por ello, el tratamiento requiere un enfoque multidisciplinar en el que intervengan profesionales de la salud mental, especialistas médicos y nutricionistas.
La bulimia.
En la bulimia, cuenta Medline Plus, la enferma, puesto que se suele dar principalmente en chicas adolescentes y en mujeres jóvenes, experimenta episodios regulares, siempre en el mismo orden. Después de darse un atracón a comer, la enferma siente la necesidad de perder peso, por lo que suele provocarse vómitos o consumir laxantes para purgarse.
Como vemos, puede haber cierta confusión entre la anorexia purgativa y la bulimia. La principal diferencia está en el origen de la conducta. En la anorexia existe una preocupación constante por perder peso y una restricción voluntaria de la alimentación. Mientras en la bulimia, el móvil principal son los atracones: episodios en los que la persona ingiere grandes cantidades de comida y después intenta compensarlo mediante vómitos u otros métodos.
El atracón es compulsivo y suele generar culpa, ansiedad y malestar, lo que lleva a la enferma a realizar conductas destinadas a expulsar lo comido. De este modo se establece un círculo difícil de romper.
La bulimia también está estrechamente relacionada con la salud mental. Las dificultades para gestionar el estrés, la ansiedad o determinados problemas psicológicos, como el estrés postraumático, pueden favorecer la aparición o el mantenimiento de la enfermedad. En algunas personas, comer de forma compulsiva se convierte en una manera temporal de aliviar la ansiedad.
La salud bucodental puede ofrecer algunas señales de alerta. Los vómitos repetidos exponen los dientes al ácido del estómago y pueden provocar un desgaste progresivo del esmalte, aumentar la sensibilidad y favorecer la aparición de caries. También pueden aparecer inflamación, irritación o infecciones en las encías. Estos signos no permiten diagnosticar por sí solos una bulimia, pero nos pueden poner en alerta. Un análisis de sangre complementario puede detectar niveles bajos de potasio, uno de los síntomas de la enfermedad, y señales de deshidratación.
Compulsividad
Dice Patricia Sánchez Saiz De Aja, una psicóloga de Zaragoza especializada en psicología alimentaria, que dirige un centro de psicología en la capital aragonesa, que una persona diagnosticada como comedor compulsivo mantiene una relación de adicción a la comida similar a la que puede tener un adicto al tabaco, a la cocaína o al juego.
El comportamiento del enfermo se caracteriza por ingerir grandes cantidades de comida, con una pérdida total de control durante la ingesta. Es posible que después de darse el atracón, sienta remordimientos de conciencia y sentimiento de culpa, pero no se provoca el vómito. En cambio, como sucede con casi todas las adicciones, aumenta su nivel de tolerancia; es decir, tiene que comer cada vez más y con más frecuencia para sentirse saciado.
Para entender por qué se produce esta enfermedad, es importante comprender la relación que entabla nuestra mente con la comida. El ansia de comer, por lo general, es una señal de alarma que lanza nuestro organismo para alcanzar el equilibrio. Por ejemplo, necesitamos más energía para continuar la actividad.
Por tanto, lo que nuestra mente genera es una sensación de ansiedad que calmamos comiendo. Cuando esta ansiedad por la comida no tiene una base fisiológica justificada y aparece con bastante frecuencia, es posible que exista una carencia psicológica o emocional que estamos ocultando. Para afrontar la enfermedad, es necesario detectar la raíz del problema y abordarla.
En el caso de los comedores compulsivos, se ha generado un círculo vicioso que se retroalimenta. La enfermedad les genera ansiedad y solo calman esa ansiedad comiendo.
La obsesión por la comida es un problema grave, que llega un momento en el que el enfermo no puede controlar. Tanto es así que existen Asociaciones de Comedores Compulsivos Anónimos que funcionan de una manera similar a Alcohólicos Anónimos.
La relación entre la obesidad y la salud mental.
La obesidad no es una enfermedad mental, ni un trastorno de la salud alimentaria, pero, como explica la web IM Médico, mantiene una relación con la salud mental compleja y bidireccional.
La obesidad es una enfermedad crónica y multifactorial en la que intervienen factores físicos, psicológicos, sociales y ambientales. En la obesidad, la enfermedad física y el estado mental están interrelacionados, de manera que uno influye en el otro. Determinados problemas emocionales pueden favorecer el aumento de peso y, al mismo tiempo, vivir con obesidad puede afectar a la autoestima, al bienestar psicológico y a las relaciones sociales.
El doctor Santos Solano, psicólogo sanitario y coordinador del Grupo de Trabajo de Psicología y Obesidad SEEDO, plantea tres perfiles diferentes que muestran cómo la obesidad y la salud mental pueden estar estrechamente relacionadas. Cada caso refleja unas circunstancias particulares y demuestra que no se puede abordar la obesidad únicamente desde la alimentación.
El primer perfil corresponde a un niño de diez años con obesidad infantil que vive en un entorno familiar inestable. En estos casos, el contexto tiene un papel importante. Además, los menores con obesidad tienen mayor riesgo de sufrir acoso escolar, lo que puede afectar a su autoestima y bienestar emocional. La respuesta no debería centrarse en responsabilizar al niño o a sus padres, sino en favorecer hábitos de vida saludables y contar con el apoyo de la familia y del entorno educativo.
El segundo caso es el de una adolescente de 16 años que sufre estigmatización social. Su deseo de adelgazar le lleva a eliminar grupos completos de alimentos y, posteriormente, a comer de forma impulsiva. La preocupación por las críticas y la discriminación genera ansiedad, lo que puede reforzar la idea de que perder peso es la solución a sus problemas personales.
El tercer perfil es el de un hombre de 42 años con obesidad y depresión. La falta de energía y la sensación de fracaso dificultan cualquier intento de cambiar sus hábitos. En este contexto, la comida puede convertirse en una forma de aliviar temporalmente el malestar emocional. Por eso, tratar únicamente la alimentación resulta insuficiente: es necesario abordar también la depresión y los factores psicológicos que mantienen el problema.
Ortorexia.
Terminamos esta lista con la ortorexia, que si bien no es un trastorno tan frecuente como otros que hemos mencionado antes, vale la pena detenernos en él. La ortorexia se basa en una obsesión por comer alimentos y comidas 100% saludables.
Se trata de una manifestación de un trastorno obsesivo compulsivo, en el que el enfermo se obsesiona con los beneficios nutricionales de la comida que toma y elimina de su alimentación grupos de alimentos que necesita su cuerpo para tener un funcionamiento normal.
El blog Doctoralia indica que, si bien este es un término relativamente nuevo, se formuló por primera vez en 1997, los estudios científicos demuestran que se trata de un trastorno psicológico en toda regla.
A diferencia de otros trastornos de la conducta alimentaria como la anorexia o la bulimia, el problema no se centra principalmente en la cantidad de comida que se come, sino en la necesidad de consumir únicamente alimentos considerados puros, naturales o beneficiosos.
Esta preocupación puede convertirse en una dieta extremadamente rígida. La persona elimina progresivamente productos que considera perjudiciales, como aquellos que llevan grasas, conservantes o determinados aditivos, y puede llegar a excluir grupos completos de alimentos. También dedica mucho tiempo a buscar información, comprar y preparar la comida. Comer fuera de casa puede convertirse en una fuente de ansiedad y, si se consume algún alimento considerado inadecuado, aparecen sentimientos de culpa, miedo y sensación de haber incumplido las reglas.
Con el tiempo, estas restricciones pueden provocar desequilibrios nutricionales y problemas físicos. Además, la obsesión puede afectar a las relaciones personales, al trabajo, los estudios y al ocio, ya que las comidas y reuniones sociales resultan difíciles de gestionar. Incluso la autoestima puede quedar condicionada al cumplimiento estricto de la dieta.
Su origen es multifactorial. Puede relacionarse con antecedentes de otros trastornos alimentarios, perfeccionismo, necesidad de control o experiencias negativas relacionadas con la salud. También influyen determinadas creencias sobre la alimentación y la enorme cantidad de información disponible que circula en medios como internet, donde, con frecuencia, el enfermo no coteja las fuentes.
Las redes sociales y la presión por mantener un estilo de vida considerado saludable pueden reforzar estas conductas cuando la alimentación sana deja de ser una elección y se convierte en una obsesión. Al final, el enfermo de ortorexia es esclavo de sus creencias sobre la comida.
Como estamos viendo, el condicionante psicológico tiene un peso decisivo en la aparición y desarrollo de los trastornos de la conducta alimentaria. Así como en enfermedades más complejas como la obesidad. Por lo que es importante abordar esta faceta cuando mantenemos una relación anómala y perjudicial con la comida.